Lamento que todavía haya personas que vean el cuerpo sin ropa como algo exclusivamente sexual, y más aún que le atribuyan al desnudo una carga tan grande como la sexualidad misma. Reducir la sexualidad y, al mismo tiempo, sobrecargar al desnudo me parece simplista, ridículo y profundamente lamentable.
Es como si el mayor fin del deseo y del placer sexual se limitara a la desnudez o a los genitales, cuando la sexualidad abarca mucho más: comunicación, química, contexto, contacto, salud, estado de ánimo, deseo, presencia.
Al cuerpo —ese espacio físico que habitamos, que no elegimos y que no trae consigo ningún tipo de moral, defecto o virtud— se le imponen estereotipos y juicios que no le pertenecen. Todo eso es una construcción social: modas, religiones, conveniencias e incongruencias. El cuerpo, en esencia, es solo el lugar donde vivimos.
Me resulta lamentable, incongruente y hasta decepcionante que tantas personas se movilicen únicamente ante un cuerpo desnudo, sin prestar atención a todo lo que implica un acto sexual, mientras cargan de juicios y peso social a un costal de piel, músculos, líquidos y vello que la naturaleza nos dio sin posibilidad de elección.
Me niego a adaptarme a una sociedad que sexualiza el cuerpo, empobrece la sexualidad y se niega a cuestionar su propia mirada.